Cómo la foto del famoso perro pudo salvar la primera vez en la parrilla de seis jóvenes inexpertos.
asadoesargentino, encuentra en esta nota del diario Clarín (argentina 10/01/2012) algunos párrafos, que pinta en toda su dimensión lo que es el asado para los argentinos. De allí la intención de compartirlo en este sitio.
Previo a todo repasemos un poco de que se trataba el “Rin Tin Tin” (también Rin-Tin-Tin). Fue el nombre que recibieron en el cine varios perros, parientes entre sí, de la raza pastor alemán, estrellas de Hollywood de la primera mitad del siglo XX. Rin Tin Tin protagonizó varias películas e incluso tiene su huella estampada en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard. El primer Rin Tin Tin.

Su historia arranca el 15 de septiembre de 1918 en Francia. El soldado Duncan, que participaba en la Primera Guerra Mundial, se encontró con 5 cachorros de pastor alemán y su madre, recogió dos y se los llevo al campamento. Aquellos cachorros recibieron el nombre de Rinty y Nannette. Mientras duraba la contienda, el soldado Duncan se dedicó a adiestrar a los cachorros, impresionado de las habilidades que mostraban. En su regreso a los Estados Unidos se llevó consigo a Rinty y Nannette. Ya en Estados Unidos, Rin Tin Tin protagonizó más de 20 películas, convirtiéndose en uno de los ídolos de la época …..
…. pero vayamos al grano … leamos el artículo en cuestión, en pág. 26 Clarín sociedad 10/01/2012 por Jose Montero:
“La primera vez que alquilamos una casa para pasar las vacaciones entre seis amigos, a los 20 años, nos estafaron. Era un chalet alpino en Villa Gesell. Muy lindo, salvo por el pequeño detalle de que no tenía agua. Lo solucionamos con una manguera de contrabando. Con eso cocinamos, lavamos y nos bañamos durante 15 días.
Al año siguiente volvimos a alquilar desde Buenos Aires. Gracias a la hiperinflación, nos olvidamos de Gesell y optamos por Santa Teresita. La casa no tenía el glamour del chalet alpino, pero tenía agua. El decorador se había suicidado y lo peor eran los cuadros: grandes fotografías de perros. El living-comedor estaba presidido por un ovejero alemán.
Aunque no conocíamos la palabra kitsch, el instinto nos mandó descolgar las fotos y ocultarlas debajo de las camas.
Ya en la arena, discutimos cómo sacarle jugo al bien más preciado de la casa, una parrilla de material, con chimenea.
–Yo prendo el fuego –se postuló El Tano.
–Te ayudo –dijo El Gallego.
–Marce, el asado lo hacés vos, ¿no? –casi ordenó Guillermo.
Los ojos saltones de Marcelo se abrieron como nunca.
–Nunca en mi vida hice asado.
–¿Pero cómo? Si vos amasás pizza –intervino Juan, mi hermano.
–¿Y eso qué tiene que ver? –refutó Marcelo.
Nadie, jamás, se había manchado de grasa dando vuelta una molleja. El miedo a lo desconocido nos paralizó. Fumábamos desde los 13, alguno había hecho la colimba, ¡y entre los seis no nos animábamos a tirar un pedazo de carne al fuego! Tampoco nos decidíamos a encarar a las vecinitas de al lado. Sólo fantaseábamos con las sombras chinescas que proyectaban en la ventana.
Odio las explicaciones psicologistas, pero descubrir que ninguno de nosotros había atravesado ese acto iniciático de la hombría que es hacer un asado nos colocó en un plano de nueva virginidad. Estábamos cohibidos.
–No puede ser, loco. Tenemos que poder –dijo El Gallego.
Había sido un día de mucho calor. Más que húmedo, pegajoso. Encender el fuego fue una pesadilla hasta que El Tano causó una explosión digna de Hollywood.
–¿Qué hiciste, animal? –gritó Juan– ¿Cómo le vas a tirar alcohol? –No era alcohol –se defendió El Tano– Era nafta.
El cielo se puso negro. A lo lejos se vieron relámpagos.
–Va a llover –dije.
Me insultaron. Me tiraron soda. Me acusaron de mufa. Luego debatimos qué se colocaba primero en la parrilla. ¿El pollo, la carne, los chorizos? Los relámpagos se vieron más cerca y se escucharon truenos. Dejé de ser yeta y me convertí en visionario. La discusión sobre el orden de los factores perdió sentido. Fue a dar todo junto sobre el carbón aún en llamas.
Ya tecleaban las primeras gotas y en segundos comenzó el diluvio.
–¡Aguante el asado! –fue nuestro grito de guerra, y cubrimos la entrada de la parrilla formando una barrera de tiro libre.
El viento soplaba en contra. Si dejábamos nuestra posición, el agua apagaría el fuego. Pero así como estábamos, tan cerca de las brasas, nos quemábamos el torso, por no decir el traste.
–¡Traigan a Rintintín! –gritó El Gallego.
–¡¿Eh?! –dijimos los demás.
–¡Al perro de mierda! Salí corriendo, rescaté la foto del ovejero alemán y la llevé hasta el patio. El bastidor calzó a la perfección en la boca de la parrilla.
Ahora estábamos en la cocina, empapados, tomando el tiempo que, según nuestros cálculos inexpertos, tardaría en estar listo el asado. La tormenta arreciaba.
Cuando decidimos sacar la carne, montamos un operativo comando y usamos a Rintintín como techito y paraguas.
Por fin nos sentamos alrededor de la mesa del living, mojados hasta los huesos. Habíamos preparado un asado chambón. Sin embargo, estaba delicioso.
Como premio a su heroísmo, brindamos por Rintintín y lo colgamos de nuevo en la pared. El cuadro no se arruinó. La justa combinación de agua de un lado y fuego del otro hizo que la foto y el bastidor quedaran indemnes.
Al día siguiente, afianzada nuestra masculinidad por el rito del fuego, y la lluvia, y el vino, y la carne, resolvimos encarar a las vecinitas. Pero ya era tarde. Se habían ido…..”
asadoesargentino, entonces recuerda que entre las numerosas misiones de todo padre argentino y como padre asador .. no olvidar de introducir a los hijos en el uso de la “parrilla” y acortarle el camino a una completa masculinidad ….… y sin que ello signifique ninguna actitud machista …..










Fri, Jan 13, 2012
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